I
Al contrario: cuando las vemos
Se aquietan las cosas en su páramo sutil.
Ya la mesa, en su lugar, silenciosa se vuelve,
la ventana deja de nuevo
traslucir la luz.
Y, lejanas de mis dedos,
inmóviles entonan el silencio que las cifra
las teclas del piano.
II
Los objetos de diario se transparentan, se fugan.
Tu mano puede seguirlos, pero no alcanzarlos.
Tus ojos han de llorarlos, pero no verlos.
Pasarán de largo las pupilas a través de los objetos
(los objetos de diario)
La mano se hundirá, leve, dentro su propio reflejo.
Los objetos de diario no serán los objetos de diario.
Y tus ojos mirarán cómo te cierra la garganta tu mano
que no es ya tu mano
sino la mano transparente que siempre estuvo esperando,
desde el principio,
el punto cierto de todo este final.
III
Sorprender la verdad de las cosas:
no son ellas.
En cada cosa se ocultan las cosas que no vemos.
Las vemos pero no las creemos.
Están ocultas en su propia superficie
y su poder consiste en demostrar
que no son ellas mismas ellas mismas.
Son todas las cosas todas las cosas: lo mismo.
Cuando te quedes quieto mirando alguna cosa
has de verla girar a toda esfera:
la frente de las cosas se mirará de frente.
Y sabrás que lo mismo ya estaba allí
pero era necesario darle vuelta.
08 julio 2009
12 mayo 2009
Julia Chambeadora


Julia es un buen nombre
Sus pasos resonaban con un eco firme. No solía usar tacones, pero esta vez un par de agujas rojas la elevaban cinco centímetros del suelo, otorgándole el andar de una yegua fina. Tenía diecinueve años cumplidos y Ramiro uno de preso. Las visitas precedentes la habían inmunizado de las miradas hambrientas de los internos: es más, ahora parecían gustarle, la hacían sentir bien, poderosa. Más que un simple halago a la redondez y perfección de sus nalgas, lo tomaba como una actitud filantrópica, un acto humanitario. Que vean lo que quieran, que se alimenten, se decía, y erguía ligeramente el trasero.
El custodio se detuvo frente al Oasis, como llamaban al área de las visitas conyugales. Giró sobre sus talones y clavó por un instante la mirada en el par de tetas que tenía frente a él. ‘Pase y espere’ le dijo y mientras empuja la puerta. La humedad que emanaba de las paredes le erizó la piel.
Un momento después entró Ramiro. Tras él, se azotó la puerta y se escuchó el grito ritual: ‘corre tiempo’. Tiempo oro en el cual no se reparaba en los detalles, cuáles zapatos nuevos ni que la chingada. Veinte minutos apenas para desfogar la pinche comida amalgamada, las chinches, los ronquidos a coro, la peste a orines y mierda; pero, sobre todo, el puñetero aburrimiento acumulado día tras día, que iba matándole a uno las ganas de vivir. ¿Veinte minutos? Vamos, no bastaban para decirle bien a bien que era una desgraciada, una ojeta y cabrona por no haber venido en los últimos seis meses… ¡seis pinches meses! ¿Con quién andaría de puta, la muy puta?
Avanzó lentamente hacia ella. Bajo el foco que pendía del techo, Julia pudo contemplarlo por un momento. No era ya Ramiro el mujeriego, el cabrón-hijodeputa, desmadroso y valemadrista. Ya le pesaba la cárcel. Se le notaba en la vista seca, en la calva naciente, en los hombros ligeramente tirados para delante. A sus 39 años se le habían sumado un par de lustros sin misericordia. Con todo, intentó intimidarla con la mirada. Ella permanecía firme, altiva. Se había arreglado especialmente para la ocasión, había imaginado la escena previamente, se sentía preparada para lo que fuera. Vestía un escote abierto, una falda corta, media de red; se perfumó las pechugas, se acicaló aquí y allá. Si viviera, su mamá le hubiera dicho que vestía como una puta. ¿Y qué importaba? Se sabía buenísima. Abrió los brazos y lo recibió en silencio, con un gesto de niña traviesa.
Ramiro hundió la cabeza entre sus tetas. Por un momento se dejó proteger por la tibieza de ese par de frutos que lo confortaban con una mezcla de sudor y perfume. Aspiró hondo. De pronto, todo el ardor contenido lo contragolpeó con violencia y se le concentró en la punta de la verga como un ejército herido y furioso. Un deseo irrefrenable de sexo y venganza le nublaba la vista. Sintió que le faltaba el aire. Jadeaba. Con movimientos desesperados rompió el amarre del pantalón, sacó su pene erecto, y comenzó a masturbarse con fiereza, pegando su cuerpo al de ella, sometiéndola, presionándola contra la pared, hundiendo cada vez más la cabeza en su pecho, empujándola casi hasta derribarla, envistiéndola.
Julia resistía. Como pudo soportó de pie los embates de Ramiro, intentó frenar su desesperación posando sus manos sobre sus hombros. Quería imponer su ritmo. Domesticarlo. Frenó la mano enajenada de Ramiro y la sustituyó por las suyas, envolviéndole el miembro como si fuera un ave lastimada. Había tiempo, poco, pero suficiente. Ramiro jadeaba, intentaba frenarse, quería contemplarla, sentir su aliento joven, sus pezones, sus nalgas, su calor, pero apenas podía con la presión de su torrente sanguíneo. El contacto frío y suave de las palmas de Julia provocó que volteara al techo y aspirara hondamente. Respiró. Calma, calma, se dijo. Apretó las mandíbulas. Balbuceó: maldita, seas, dónde putas habías estado, dónde chingados te habías metido… shhh, shhh… respondió ella, mientras se agachaba pausadamente y araba con la punta de su lengua su vientre, avivando a su paso el olor amargo de la piel abandonada. Podía sentir el pulso de una bestia desesperada, era un explosivo activado. Lentamente, muy lentamente, recibió el miembro de Ramiro con la lengua y luego dejó que se deslizara hasta la garganta. Contuvo el aire. Sabía cómo hacerlo. Lo cobijó con su aliento, lo humedeció cariñosamente y lo sacó despacio, con amor, con morbo, como él mismo le había enseñado a hacerlo. Quería mimarlo como nunca para que la recordara siempre así, entregándose, sí, usándola, sí. Sabía que cada segundo extendido era una garantía en la memoria, era la manera en que cada una de las letras de J-U-L-I-A quedaría tatuada en su cuerpo. Otra vez lo metió hasta la garganta, despacio… despacio. Besaba una hidra que apenas se podía contener.
Una extraña atmósfera de sensualidad envolvía a Ramiro. Lo aletargaba, lo drogaba. Todo confluía: la soledad, la cárcel, el amor que había sentido por la pinche Julia, que ahora estaba otra vez a sus pies. Julia, Julia, la pinche Julia; y Julia continuaba con su labor, despacio, con amor, con morbo, revirando de vez en cuando hacia arriba, extrayendo todo el dolor de ese hombre que había amado por pendeja, por niña inexperta, por caliente y Ramiro cerraba los ojos y tambaleaba la cabeza sumido en un placer narcótico, de morir, de vivir, de ser otra vez quien era, el dijo de puta al que todo le valía madres. ¿Qué más daba? Si la vida es una mierda por igual, fuera, dentro, arriba o abajo, somos todos contra todos, devorándonos sin parar, así era el puñetero mundo… y comenzó a venirse con violencia, contrayendo cada unos de sus músculos, reiniciando el alma perdida hace seis meses, resucitando, ofrendando dosis de una savia tibia y temblorosa que Julia recibía sin remilgos. Era ella quien inventaba un túnel de escapatoria efímera, el momento de libertad y un diminuto adiós de 5, 6, 7 segundos. Era todo lo que podía hacer por él. Ramiro volaba por encima del pabellón, ausente, por instantes, 8, 9, 10, 12 segundos… Tiempo!, gritó el custodio. Órale, órale jijos de… no son los únicos que necesitan cuarto. Ahí les va la puerta.
30 abril 2009
Cuento Infantil
Una mañana el Príncipe Azul se resolvió sobre su estatus social. Hizo mella en él los rumores del Palacio que ponián en entredicho su sexualidad. Decidió casarse.
Cabildeó entre su corte sobre las potenciales candidatas. Ahí estaba Blancanieves e incluso La Bella Durmiente. El Príncipe Azul buscó una mujer digna de su garbo social, de su impoluta moral; no cualquier trepadora social.
Visitó la casa en el campo de Blancanieves. ‘¿Te quieres casar conmigo, Blancanieves?’ ‘Claro que sí’. ‘Sólo una pregunta’, advirtió el Príncipe Azul. ¿Qué es esto?, dijo señalándose la entrepierna. ‘Este... un miembro, Príncipe Azul’. ‘Que lástima que respondas eso, Blancanieves. Adiós.’ Siguió buscando. Acercándose sigiloso hasta la Bella Durmiente le pregunta ‘¿te quieres casar conmigo?’, al tiempo que la despierta con un delicado beso. ‘Claro que sí, Príncipe Azul’. ‘Bueno, sólo contéstame esto’. Bajando el cierre de su bragueta mostrándoselo pregunta: ‘¿Qué es esto Bella Durmiente?’ ‘Pues un pene, mi Príncipe’, contesta relajadamente. ‘Joder con estas mujeres modernas’, murmura con decepción el Príncipe Azul.
Después de mucho caminar toca en la casita de Heidi. No quiere perder ninguna oportunidad. ‘Heidi, ¿quieres casarte conmigo? ‘Mhm. Está bien’. ‘Sólo dime qué es esto, Heidi’, advierte con hastío el Príncipe Azul. Al sacar su pene Heidi siente el rubor subir por su rostro, titubeante responde: ‘Parece... como... un champiñón, Príncipe Azul’. ‘Ah, excelente’, exclamó el Príncipe Azul satisfecho por la femenina ingenuidad de su ahora prometida.
La boda es maravillosa. Digna de un relato de princesas. Al quedarse solos el Príncipe Azul toma con delicadeza el talle de Heidi, la conduce hasta la recámara real. ‘Querida, ahora sí puedo hablarte directamente’, le susurró al oído al tiempo que se quitó el pantalón. ‘Esto no es un champiñón, pequeña. Es un pene’. Heidi contesta: ‘Ni madres! ¡eso es un champiñón! ¡para verga la de Pedro!
Cabildeó entre su corte sobre las potenciales candidatas. Ahí estaba Blancanieves e incluso La Bella Durmiente. El Príncipe Azul buscó una mujer digna de su garbo social, de su impoluta moral; no cualquier trepadora social.
Visitó la casa en el campo de Blancanieves. ‘¿Te quieres casar conmigo, Blancanieves?’ ‘Claro que sí’. ‘Sólo una pregunta’, advirtió el Príncipe Azul. ¿Qué es esto?, dijo señalándose la entrepierna. ‘Este... un miembro, Príncipe Azul’. ‘Que lástima que respondas eso, Blancanieves. Adiós.’ Siguió buscando. Acercándose sigiloso hasta la Bella Durmiente le pregunta ‘¿te quieres casar conmigo?’, al tiempo que la despierta con un delicado beso. ‘Claro que sí, Príncipe Azul’. ‘Bueno, sólo contéstame esto’. Bajando el cierre de su bragueta mostrándoselo pregunta: ‘¿Qué es esto Bella Durmiente?’ ‘Pues un pene, mi Príncipe’, contesta relajadamente. ‘Joder con estas mujeres modernas’, murmura con decepción el Príncipe Azul.
Después de mucho caminar toca en la casita de Heidi. No quiere perder ninguna oportunidad. ‘Heidi, ¿quieres casarte conmigo? ‘Mhm. Está bien’. ‘Sólo dime qué es esto, Heidi’, advierte con hastío el Príncipe Azul. Al sacar su pene Heidi siente el rubor subir por su rostro, titubeante responde: ‘Parece... como... un champiñón, Príncipe Azul’. ‘Ah, excelente’, exclamó el Príncipe Azul satisfecho por la femenina ingenuidad de su ahora prometida.
La boda es maravillosa. Digna de un relato de princesas. Al quedarse solos el Príncipe Azul toma con delicadeza el talle de Heidi, la conduce hasta la recámara real. ‘Querida, ahora sí puedo hablarte directamente’, le susurró al oído al tiempo que se quitó el pantalón. ‘Esto no es un champiñón, pequeña. Es un pene’. Heidi contesta: ‘Ni madres! ¡eso es un champiñón! ¡para verga la de Pedro!
08 abril 2009
Radiohead
Siempre me pregunté si la soledad,
si su extraño malestar, su sombra gris,
no vendría de los prolongados inviernos
que obligaban a buscar el calor en los bares,
en las puertas cerradas de los metros
y de los comercios que cerraban hasta muy tarde.
Pero la soledad no viene, no estalla,
de ese espacio donde han nacido
las cosas del mundo;
donde ha nacido la seda o el río,
el escarabajo, o el aire o la ola.
Es como un hijo que viene de la entraña;
es como sangre o semilla
que llega al mundo a multiplicar sus dones.
Nace a causa de un afecto desgarrado,
de una ilusión que se hizo trizas
en medio de la espera;
de la creencia fiel de que algo,
alguna sorpresa, un acto deseado,
vendría a cambiar lo que ya era rutina
o fatiga inevitable.
Al nacer de la entraña,
al venir del fondo del cuerpo,
trae consigo el afecto
y al traerlo, el afecto
también es dolor o nostalgia;
es dura pena como la muerte.
La soledad no vendría al mundo
si el amor no la fecundara
como se fecundiza un cuerpo;
como se ansía el sabor de su piel
y el misterio de su espacio oculto,
de su ingenuidad constante;
esa que reclama la atención de quien ama
y por la que ama a un ser, mujer u hombre,
por la que se escribe una carta
en la soledad más grande de un invierno
cuando el frío golpea las pizarras
o cuando la nieve ciega las luces
y acaba con la última esperanza del día.
si su extraño malestar, su sombra gris,
no vendría de los prolongados inviernos
que obligaban a buscar el calor en los bares,
en las puertas cerradas de los metros
y de los comercios que cerraban hasta muy tarde.
Pero la soledad no viene, no estalla,
de ese espacio donde han nacido
las cosas del mundo;
donde ha nacido la seda o el río,
el escarabajo, o el aire o la ola.
Es como un hijo que viene de la entraña;
es como sangre o semilla
que llega al mundo a multiplicar sus dones.
Nace a causa de un afecto desgarrado,
de una ilusión que se hizo trizas
en medio de la espera;
de la creencia fiel de que algo,
alguna sorpresa, un acto deseado,
vendría a cambiar lo que ya era rutina
o fatiga inevitable.
Al nacer de la entraña,
al venir del fondo del cuerpo,
trae consigo el afecto
y al traerlo, el afecto
también es dolor o nostalgia;
es dura pena como la muerte.
La soledad no vendría al mundo
si el amor no la fecundara
como se fecundiza un cuerpo;
como se ansía el sabor de su piel
y el misterio de su espacio oculto,
de su ingenuidad constante;
esa que reclama la atención de quien ama
y por la que ama a un ser, mujer u hombre,
por la que se escribe una carta
en la soledad más grande de un invierno
cuando el frío golpea las pizarras
o cuando la nieve ciega las luces
y acaba con la última esperanza del día.
29 diciembre 2008
Hölderlin
El primer hombre, el descostillado, el inmaterno, emitió un gemido en la soledad. Era la voz de la búsqueda del amor, de la necesidad del completamente que caracteriza esta creación universal en el fondo de la materia. Y eso aún no era la poesía. No era la poesía porque el gemido buscaba al otro como se necesita el alimento; con ansia vital de nutrir las profundidades. Pero el dios de aquellos tiempos, henchido también en su soledad (más infinita que la nuestra) estaba siempre atento, continuamente oteando la garganta de su pájaro preferido. Así que escuchó al hombre y se dijo, como sabemos todos: “No es bueno que el hombre esté solo, vamos a darle compañera”. Es pertinente en este instante decir que aquel dios provisorio habó en plural porque es él todos los otros. Cuando el primer hombre se dio cuenta que de su lado izquierdo, precisamente de la porción que ocupa el bazo, ese órgano secreto, surgía una mujer prístina y deliciosa como el fruto inicial del durazno, emitió un gemido, el segundo de la incompletitud, siendo la decantada emisión –el resumen vivo- de la presencia plena del otro, de ella, de aquella que le daba sentido y esencia en su eternidad de entonces y la hacía más soportable. Ese segundo gemido, ese sonoro secundario, fue la poesía.
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